sábado, 5 de noviembre de 2011

Actores de reparto



Fui protagonista de pleno derecho.

Tuve veinte, treinta, cuarenta años; y el papel protagonista. Siempre me tocaban los primeros planos. La atención de los medios y del público se dirigía a mí. Cualquier cosa que hiciera, pero especialmente mis meteduras de pata, eran acogidas con fruición por especialistas en embadurnarse con la purpurina seca que desprenden las vidas de los demás. Mis triunfos fueron despreciados convenientemente por los envidiosos que son la sal de una vida; y mi equivocaciones esgrimidas como trofeos ajenos, debatidas en las peluquerías y los mercado. Mis fracasos sirvieron para acolchar, como materia de relleno, los silencios incómodos en las celebraciones familiares de otros hogares, hogares que yo ni conocía.

Lo cual me molestaba extraordinariamente.

Rechacé invitaciones a mansalva. Qué pesadez. Qué horror. ¡Me llamaban por teléfono! Dejadme en paz, por favor, ¿no veis que estoy tomando un baño con velas? ¿No comprendéis que lo único que quiero es cerrar los ojos y oír la lluvia? No tengo tiempo para vosotros. No tengo tiempo. Me esperan. Porque lo más increíble es que siempre había alguien esperándome en algún lugar. Al que yo, invariablemente, llegaba tarde.

Ahora, cuando algún familiar cercano se acuerda de mí y decide invitarme a almorzar, compro una bandeja de pasteles al aceptar con alborozo la invitación, y llego antes de la hora. Intento mostrar mi gratitud. Hablo demasiado, sin dejar que los hijos, los sobrinos, los amigos de los más jóvenes de la casa, que son los protagonistas, exhiban todo lo que están descubriendo. Hago pequeños comentarios en los que nunca falta un destello de sarcasmo que confundo con humor, y que se recibe con recelo. Compruebo con espanto que cuento batallitas.

Se han ido las figuras vetustas que rigieron mi infancia y mi juventud. Poco a poco fueron dejando sus sillas vacías. Aquellas sombras enormes que se cernían sobre nosotros, sin dejarnos crecer, como las ramas del eucalipto que mata todo lo que brota a su alrededor. Aquellos añorados seres que fueron nuestro maleficio. Y pensaba que sus sillas vacías, la mecedora donde leían, la famosa butaca de mirar por la ventana, se iban a quedar siempre así, vacías, como los tronos de los reyes en los museos.

Qué poco he entendido la vida. Esos tronos se heredan, y son para emperadores retirados, como el que mandó contruir la Villa Imperial Shugakuin en Tokyo. Pabellones para mirar la luna, o el paisaje, en el mejor de los casos, como éste:




Ahora me siento yo en una de esas sillas que habían quedado vacías. Era para mí. Me toca mirar pasar la vida desde la ventana.


Se acabaron los papeles principales. Se acabó cruzar continentes en una semana, suscitar comentarios y preocupaciones, escapar de palacio con un dominó negro y agotar la noche, se ocultó el horizonte del amanecer. Se acabó el carnaval.



Soy quien acude a las escasas citas familiares con una bandeja de pasteles y siempre cuenta las mismas historias. Soy quien pregunta a los chicos, que sonríen entre sí con complicidad, si sacan buenas notas. Soy quien recuerda a solas, interminablemente, esperando que el teléfono suene para darme un papel en esta representación.

Un papel que ya siempre es secundario.

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