lunes, 4 de octubre de 2010

RETRATO DE UNA INTELECTUAL

Ésta, Fabio, ay dolor, que ves ahora, acostumbrado a soñar con ella por cuestiones y motivaciones inconfesables, no era, ni mucho menos, como tú pensabas. No me lo digas, no me lo digas: ahórrame el bolero, ya sé que no ha habido otra igual; que su cuerpo, que su cara, que la perfección absoluta de sus curvas, que esos labios, que la caída insinuante de los párpados, que los dientes y la risa y la forma de mirar... vaaaale. Todo eso está muy bien.

Pero lo cierto es que nos estaba engañando. La Flor de California, la Reina del Cinema, el secreto latido de tantos viriles corazones, bajo su apariencia de Hada Madrina de Los Sueños Húmedos, estaba en otra. Atiende a esto y toma buena nota, Fabio: la chica tenía inquietudes. Era ni más ni menos que una intelectual (en la foto, leyendo).





No sólo leía de manera compulsiva desde que pudo hacerlo, sino que además escribía pensamientos y poemas. Ella solita. Poemas como éste:

Ay maldita sea me gustaría estar
muerta -absolutamente no existente-
ausente de aquí de
todas partes pero cómo lo haría
Siempre hay puentes -el puente de Brooklyn
Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura y el aire es tan limpio) al caminar parece
tranquilo a pesar de tantísimos
coches que van como locos por la parte de abajo. Así que
tendrá que ser algún otro puente
uno feo y sin vistas -salvo que
me gustan en especial todos los puentes -tienen
algo y además
nunca he visto un puente feo.



Con este poema y muchos otros, más las reflexiones y pensamientos que iba apuntando en su cuaderno de notas, se va a editar un libro que sin duda revolucionará para siempre la imagen de rubia tonta que ya nos tienen dicho que para ella fue una cruz.

Aunque mi mente calenturienta no puede apartar de sí una pregunta absurda. Si tanto le molestaba parecer una rubia tonta... ¿por qué hacía cosas como esta? ¿Practicaba el contorsionismo, además de la literatura?




Pienso en cualquier otra de las intelectuales famosas a las que admiro. En Marguerite Yourcenar por ejemplo; o en la baronesa Karen Blixen, más conocida como Isak Dinesen. Ambas mujeres bellas en su juventud. Marguerite Yourcenar, que leía en griego y en latín como quien lee la carta de un restaurante; hermosamente libre, de una cultura sobrecogedora. Karen Blixen, extravagante y aristocrática, que padecía de imaginación como quien padece una fiebre crónica. Y no sé, no puedo por mucho que lo intento imaginármelas así:





Pero claro, ellas no eran actrices. No se cuidaban muy mucho de aparecer en los Sueños Húmedos de cuatro generaciones de varones, y por tanto podían darse el lujo de que las retrataran en posturas normales, tomando un café (una copa de champagne, en el caso de la baronesa, ya que no bebía otra cosa) o prestando atención a otra persona en una conversación, y no al ojo de una cámara enamorada. El caso es que el diablillo de la dialéctica no deja de bullir en mi interior, y me plantea un dilema: ¿te imaginas en esa misma postura a Bette Davis? ¿O a Katherine Hepburn? ¿O a esta otra mujer inolvidable, y también actriz?





A mí, francamente, me cuesta. Y sin embargo no me extrañaría nada que me dijeran que cualquiera de ellas escribía poemas, reflexiones y pensamientos. Por supuesto, no se le puede pedir a una chica con su historia personal (¿no?) y su ocupación que, encima, escriba bien. Un auténtico poeta, con la palabra "puente", hace algo así:


PUENTE
¿Lejos?
Hay un arco tendido
que hace viajar la flecha
de tu voz.

¿Alto?
Hay un ala que rema
recta, hacia el sol.
De polo a polo a una
secreta información.

¿Qué más?
Estar alerta
para el duro remar;
y toda el alma abierta
de par en par
.


Lamentablemente, Nicolás Guillén era bastante más feo que Marilyn. No se puede tener todo.

Uno de sus amantes más conocidos la describió con estas palabras:

"La chica no tenía mucha formación, y ningún conocimiento, excepto el que le proporcionaba su experiencia, que era mucha, y para un actor eso es lo importante. Comprendí que para ella todo lo que no fuera estrictamente personal carecía de sentido. No tenía el menor interés por conceptos abstractos, formales o impersonales; pero sentía una devota pasión por las experiencias de su propia vida. Más que nada necesitaba que le dijeran cuánto valía. Nacida fuera del matrimonio, abandonada por sus padres, dando tumbos, dejando que se burlaran de ella los hombres con los que había estado hasta que llegó Johnny (su primer agente), más que cualquier otra cosa necesitaba la aprobación de los hombres a los que podía respetar. Comparándola con muchas de las esposas que había en nuestra comunidad, pienso que Marilyn era la más honrada, que las frescas eran las demás. Pero había en ella una contradicción fatal. Deseaba profundamente que le reafirmaran su autoestima, pero respetaba a los hombres que la despreciaban, porque al hacerlo coincidían con su propio juicio."

Y ahí está el quid de la cuestión, Fabio. No se puede ser Buda y conservar el Palacio. Para leer no hace falta enseñarle tu esplendoroso culo en pompa al fotógrafo. Nadie se va a creer que lo que estás leyendo te importa un pimiento. Y viceversa: si lo que te apetece es enseñar tu esplendoroso culo, no hace falta que escribas poemas. No es necesario que te tortures para colgar de un puente mal hecho una medalla de intelectual que no necesitas.

La descripción que hace de ella su amante es algo patética, pero no porque insiste en el viejo cliché de Marilyn, la muñeca rota; sino porque nos descubre algo peor: Que mucha gente la comprendia (¿cuántos podemos decir lo mismo?). Mucha gente la comprendía, y además la quería todo el mundo. Y, sin embargo, eso para ella no era suficiente.

viernes, 1 de octubre de 2010

Una descripción

¿Queda algún escritor vivo? ¿Alguno capaz de hacer una descripción como esta?:








"Rubén Darío, chaqué negro y negro sombrero de media copa, totalidad estropeada, soñolienta, perdida. Valle, pantalón negro y blanco a cuadros, levita café y sombrero humo de tubo, deslucido todo. Rubén Darío estalla sus gafas con brillo; a Valle la gala opaca, funeral, le sobra y le cae por todas partes".


Mientras Valle-Inclán habla, el observador sigue trazando su retrato de esta manera:




"Y al final de su perorata, polícroma, musical, plástica, había siempre una frase dinámica, ascensional, de espesa cauda de oro vivo, que subía, subía, subía, entre el coreo y el vítor generales y daba en lo más alto de su poder un estallido final, el trueno gordo, como un gran punto redondo, áureo y rojo un instante, negro luego y desvanecido en lo más negro. Valle-Inclán se quedaba abajo enjuto, oscuro, ahumado, en punta a su frase, como un árbol al que un incendio le ha volado la copa, un espantapájaros con rostro de viento, como el castillo quemado de los fuegos de artificio".


¿Una imagen vale más que mil palabras? Depende de quién diga las palabras. Estas son de Juan Ramón Jiménez.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Don Ignasi Guardans y El Salón del Automóvil




Aunque no suelo llevar cuenta de los asuntos de la actualidad, me han mandado un comentario que me parece interesante. Con gusto le hago sitio entre estos legajos. Ahí va:




Qué buenos ratos nos hace pasar don Ignasi Guardans, director del ICAA, con sus declaraciones. Las últimas datan del día 20 de septiembre, en el transcurso del Festival de Cine de San Sebastián, durante una entrevista que concedió al periodista Gregorio Belinchón sobre el momento actual del cine español. En el titular se aseguraba, un tanto enigmáticamente, que “Este Festival debe repensarse”.

Una en su humildad se pregunta cuál será el motivo que lleva a don Ignasi Guardans a querer “repensar” el Festival más antiguo y prestigioso de España, el único de clase A que existe en nuestro país. En todo el mundo sólo hay otros tres de la misma categoría. El más importante es el Festival de Cannes, en cuyo artículo I del Reglamento se establece: “El Festival de Cannes tiene como objetivo, dentro de un espíritu de amistad y de cooperación universal, revelar y otorgar su justo valor a las obras de calidad, con el fin de servir a la evolución del arte cinematográfico y de favorecer el desarrollo de la industria del cine en el mundo”.

Y con un reglamento en el que cabe el idealismo de premiar la evolución del arte dentro de un espíritu de amistad y solidaridad, no parece que le vaya mal.

Las intenciones de don Ignasi, en el fondo, están claras. Dejémonos de bobadas y pongámonos a hacer negocios. Y para ilustrar sus planes echa mano a sus recursos poéticos y nos sorprende con una metáfora de altura: “Hay algo en común entre un Festival de Cine y un Salón del Automóvil”. Tal vez tenga arranques de mal genio con los cineastas que se rebelan contra su Orden de Desarrollo de la Ley del Cine, pero a Guardans no se le puede negar un singular sentido del humor. La comparación entre un Festival de Cine y un Salón del Automóvil todavía da más de sí: “Son eventos presenciales que cada vez más se llevan el negocio al Internet.” Eso sí, reconoce que entre ambas “ferias” (sic) existen ciertas diferencias, (o más bien inconvenientes, se diría por el contexto) aunque se pueden sobrellevar: “Obviamente el cine es diferente, porque hay jurados, por ejemplo -(¡vaya por Dios! Nobody is perfect!)-. Pero en general son lugares de encuentro de un negocio”. Y más adelante, ante la pregunta de si es cierto que el Festival va a sufrir recortes presupuestarios, Guardans afirma que no habrá más remedio que aplicarlos, ya que el propio ICAA verá reducido su presupuesto, de modo que aferrándose de nuevo al símil más cercano a sus intereses y a su corazoncito, nos ilustra: “los coches tienen cuatro ruedas del mismo tamaño, y nosotros adecuaremos nuestro tamaño a las otras tres ruedas”.

No queda ahí la cosa. Cuando el entrevistador le habla de su proyecto “más querido”, el de llevar a cabo la digitalización de las salas, él le corrige: no es que sea su proyecto más querido, es que hay que hacerlo. “Me gusta compararlo con la transición de la gasolina con plomo a sin plomo. Más vale preparar los coches, porque los carburantes, los formatos de las películas, van a cambiar ya. España va muy retrasada”.

Desde su punto de vista, queda claro que cualquier institución o acontecimiento que convoque a un público numeroso es comparable al Salón del Automóvil; de modo que los Altos Gestores Culturales de dichas instituciones no son más que la versión ejecutiva de una moderna Feria de Tratantes de Ganado. Muchos deberían aprender, pues, de don Ignasi. Que sepa, por ejemplo, el Director del Museo del Prado, que es mejor “repensarse” su rendimiento a día de hoy, ya que la circunstancia de que el Museo sea el más visitado de España lo convierte en un lugar de encuentro para los negocios. Por mucho que digan los amantes de cuadritos de “escaso valor cultural” que merece la pena colgarlos en sus paredes, si nadie conoce ni los nombres de sus autores, aquí no estamos para patrocinar galerías benéficas, señores: esto es business. Así que suprimiendo salas y exponiendo los más lienzos conocidos y vistosos, se recortan gastos y se frena el desperdicio de espacio y de recursos. Más Delacroix, más Murillos de colorines, que son los que le gustan a la gente; más firmas y menos extravagancias: nada de Vermeers con mujeres de espaldas que no se ven ni con lupa; nada de pinturas negruzcas y desagradables de Goya, ni de viejas de Velásquez comiendo huevos fritos... fuera. Hay que elegir cuadros llamativos, de doce o catorce caballos, a ser posible descapotables, ecológicos y, sobre todo, sostenibles.

Bien pensado, mejor que don Ignasi hable de coches, que de eso sí parece que entiende. ¡Qué gran jefe de ventas se está perdiendo el sector de la automoción!

sábado, 18 de septiembre de 2010

Hasta los mendengues


Qué bonito es decir "Estoy hasta los huevos", y sin embargo qué gran ordinariez, desafortunadamente. Con razón decía el Único Maestro Kafka: "No desesperes, aunque sea por el hecho de que no desesperas".

"Hasta los huevos": una frase simple y redonda, que incluye en sí misma el habla popular, la catarsis de la tragedia griega y una figura poderosísima del lenguaje; aunque, injustamente, está proscrita del bien decir, a menos que uno se resigne al hablar parlamentario.

Resumamos finamente:
Cosas que ya no puedo soportar:
-Los que se dejan llamar "Maestro", después de que existiera en el mundo Kafka, y en el fondo de su corazón sienten que, si les dicen Maestro, es porque se lo merecen.

-Los (y las) que llaman devotamente Maestro a cualquier señor que lleve anillos en las manos y un foulard.

-los abusos a los humildes, los halagos a los poderosos, al contrario de aquel maravilloso verso de Manrique: "¡Qué altivo con los altivos/ Qué humilde con los humildes!"

-Los malos recuerdos que tienen muchos años y no desaparecen.

-Los poetas que te leen sus poemas.

-Los escritores que te leen sus relatos en voz alta.

-Las personas que te invitan a cenar para mostrarte las diapositivas de sus viajes.
(¿Las diapositivas existen todavía? Bueno, los vídeos o DVDs)

-Encontrar tampax deshechos en las playas.

-Los blogs y los blogueros (incluyendo éste que lo es).

-Los que alcanzan la fama por mediocres.

-Los que no alcanzan la fama por mediocres.

-El culto al frikismo.

-La saga "Crepusculo", y unos libros de una chica con un bidón de gasolina y hombres que no amaban a las mujeres y no sé qué problemas de la herencia de un sueco que escribió alguna de estas obras. Y, de paso, los "best sellers", en general, y los que se especializan en vampiros en particular. Estos me tienen realmente hasta los huevos.

-Cumplir obligaciones sociales.

-No cumplir las obligaciones sociales que se supone que debo cumplir. (Porque la ansiedad que me crea no me permite disfrutar del alivio que me causa).

-Las personas que de pronto te preguntan "¿Qué significa energúmeno? ¿o depredador? "

-Los amables comensales que te advierten que "tienes un poco de perejil entre los dientes".

-Los que no recuerdan tu nombre.

-Aquellos cuyo nombre no recuerdas, a pesar de que ya hace media hora que estás estrujándote el cerebro tratando de que no se te note en la conversación.

-Los que no beben alcohol.

-Los que piensan que reírse a carcajadas es un signo de mal gusto.

-Los que no llaman antes de ir a tu casa y de pronto has de atenderlos en una pocilga maloliente e interrumpen tu programa favorito de la televisión.

-Los lacanianos, los naturópatas, los budistas, los que hacen yoga, pilates o aún no saben que Lobsang Rampa era británico y jamás estuvo en la India.

-Los que, cuando pierden algo, siempre anuncian: "Me lo han robado".

-Los que traicionan sus recuerdos.



Y para terminar, confieso estar hasta los huevos de mi propia persona, dicho sea descorchando una botella de champán, sobre el podio de honor, en primer lugar y con medalla de oro.

domingo, 29 de agosto de 2010

PLATAFORMA POR LA RESTITUCION DE LA DIGNIDAD PERDIDA DE LAS CABRAS





Porque yo sufro con la constante humillación a la que están sometidas las cabras. Esas miradas indefensas despiertan en mí un agudo instinto de protección. Y apuesto a que no soy sólo yo; aprovechemos el asociacionismo que nos permite la Red, y hagamos una piña contra la difamación constante a la que se somete a este humilde animal: los humanos las degradamos afirmando de cualquiera que está "Más loco que una cabra"; o (para no insistir en las crueles tradiciones ancestrales que las hacían volar desde un campanario) las enseñamos a subir a una escalera y a girar con las cuatro pezuñillas reunidas en un espacio no más grande que un huevo frito, mientras una trompeta desafinada destroza un pasodoble.

Las he visto cruzando las carreteras recién paridas, con la placenta sanguinolienta colgando, y apresurándose para no quedar lejos del rebaño, como si no hubiera pasado nada, como nos contaba Pearl S. Buck que parían las mujeres japonesas. Resignación y no locura es lo que derrochan estas señoras, al lado de las cuales muchos humanos no son más que bestias. Eso por no hablar del "chotillo" que se mata en las fiestas, o de las veces que les ha tocado ser objeto de deseo de un pastor solitario en mitad del campo. Costumbre tan antigua que está inmortalizada en una exquisita estatuilla del Museo Arqueológico de Nápoles, rescatada de las ruinas de Pompeya, donde un macho cabrío queda al capricho de un fauno de sonrisa diabólica. En un acto que reúne, si uno lo piensa bien, la zoofilia y el incesto.

Y cómo lo sobrellevan todo. Ni protestas, ni orgullo, ni hojas de reclamaciones, ni pastillas contra la depresión, ni más exigencia que un risco y una mata de tomillo.

He comprobado que, al fracasar por completo cualquier atisbo de esperanza en una revolución que pudiera convertirnos en algo parecido a igualitarios, fraternales o solidarios, la única salida que nos queda es el plataformismo. Durante la década anterior proliferaron las ONGs. Uno se leía, por ejemplo, un boletín oficial de gobierno de una comunidad autónoma, y se pasmaba al llevar la cuenta de las ONGs que había, y del dinerito que se les destinaba. Tal vez eso haya influido en el hecho de que ahora se empieza a ver una imagen, digamos, un poco distorsionada de aquellas intenciones misioneras, que aunaron entrega, poesía, y muchas, muchísimas subvenciones.

Al socaire de la decadencia (pero no demasiada) de la vía ONGera, que era un poco como sustituir a las obras de caridad de las Damas Nobles por las obras de caridad de los Jóvenes Idealistas, surge el movimiento Plataformista. Y dentro de este movimiento, uno también se encuentra, gozosamente, con plataformas para todos los gustos.

Plataforma para que expulsen a Jonathan de Fama 3. Plataforma para potenciar actividades educativas a distancia. Plataforma para el perfeccionamiento de ciertos videojuegos. Plataformas para representar sonidos naturales en Internet. Plataforma sobre cómo ganar dinero navegando por la red. Plataformas para fomentar la implantación del libro digital... Sé que hay miles más, millones si contamos las plataformas de Facebook y otras redes sociales, que son las más divertidas, porque apoyan o intentan destruir al enemigo o al ídolo; y son tan instantáneas como un anuncio de la televisión: quiero decir, duran lo que dura la noticia que atañe a la persona implicada, que no suele sobrepasar los famosos quince minutos de Andy Warhol.

Como, al igual que a mis cabras, no me gusta quedarme a la zaga, propongo esta plataforma, tan útil como las otras, aunque quizás más compasiva. Una Plataforma de amantes de estos bichos tan agradecidos y pacientes, capaces de sobrevivir con menos necesidades y en condiciones más incómodas que el mismo Budda, que no hay que irse tan lejos para tomar ejemplo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

MUNDO IDIOTA




Ay de nosotros, con nuestras noticias, nuestro afán de novedades, nuestra absurda esperanza al abrir las páginas del periódico (“hoy sí vamos a leer algo que merezca la pena”) y nuestros sofocos por cuestiones que mañana serán polvo; pero polvo de verdad, nada de polvo enamorado.

“Tristes guerras… si no es amor la empresa”. Gracias a Internet ahora las “guerras” son más tristes todavía. Se han multiplicado las polémicas artificiales en las que todos metemos con pasión nuestra cuchara de madera, como quien mete la pezuña en el barro pretendiendo dejar huella.

Escribimos la música del presente sobre un pentagrama de naderías. Monocorde, tontita, sinfonía de discoteca ibicenca dirigida por un señor con frac, que es el Tiempo. Con Internet como lanzadera hemos puesto en órbita la basura espacial de las opiniones. Opiniones que ni unen, ni separan, ni buscan la verdad, ni su contrario. Opiniones que opinan sin cesar, haciendo el ruido que hacen las opiniones cuando sus cáscaras vacías chocan entre sí. Véase la mía, por ejemplo.

Y sucede lo inevitable: con tanta opinión circulando por ahí, se fecundan las controversias. Muy importantes. De repercusiones enormes, grandes discusiones que saltan de inmediato por el tablero de país en país y de continente en continente, fichas locas del juego de la vanidad.

Un rockero de los viejos tiempos se despide de Twitter no sin antes llamar “rebaño de boludos con blackberry” a sus anteriores contertulios, y aconsejando a la popular red social que “se meta sus 140 caracteres profundo por el ojete”. Portada de periódicos; aluvión de blogs; contestaciones impertinentes, alabanzas, sacudida peligrosa de las entrañas de la tierra.

Un príncipe griego (país donde no existe la monarquía) se casa en una preciosa isla de pescadores, que de pronto se ve invadida por una panda de ricachones privilegiados en torno a los que se congrega la atención de la Actualidad, esa diosa de usar y tirar. Opiniones al canto. Que si la sangre azul, que si la revolución, que si el trajecito de Mileidi está o no está a la altura del momento. Fundamental ocasión para aprovechar y añadir nuestra perspectiva del asunto en uno de los mil foros disponibles a tal fin. O en nuestro propio blog, ya ven.

Alguien afirma, en medio de la modorra del verano, que el “ser” español no casa bien con el cine. ¿Ontológicamente? – pregunta un señor que responde en serio a semejante teoría. Esta cuestión trascendental surge a raíz de un artículo en un periódico que, obviamente, ya no tiene nada que decir; y pasa casi desapercibida, debido a que el personal se encuentra disfrutando de sus vacaciones y no está para farolillos periodísticos. Pero… ¡ay! La gema llegó a la Red. ¡Menuda pesca! Cumple todos los requisitos para cuajar en ella: es una piedra preciosa de matices absurdos, un Ionesco sin ningún sentido, capaz de suscitar odios y sorpresa, con ingredientes medio patrioteros y con varios sujetos (el cine, el ser, el español) siempre candentes. Opinemos pues, sin tasa ni medida, ahora que hemos vuelto a nuestra celda, aunque no hayamos entendido ni una palabra de algo que está más allá de toda comprensión.

Podría seguir enumerando los temas que nos enardecen; pero se me viene a la cabeza una historia que escuché hace poco. Una conocida mía coincidió sin querer, durante un viaje, con los fastos de un antiguo festival de cine de muchas campanillas, de los de alfombra roja con sus figuritas de porcelana desfilando por ella, como serán pronto los belenes modernos. Luego contó lo que vio en una reunión de amigos. La gula de la gente por rozarse con los notables de la tribu, las vallas que separaban a las “celebrities” de los mortales (“les acteurs… nous sommes eternels” aseguró la actriz que presentó el evento), y algunos episodios medio divertidos (como el del joven vestido de smoking que portaba un cartel donde se leía “Vendo mi virginidad a cambio de una entrada”).

La pobre mujer se vio atrapada en medio de la calle en el momento justo en que llegaba la comitiva de honor de la apertura del Festival, así que tuvo que presenciar el desembarco de las estrellas al pie de la escalinata. Confinada detrás de la valla, sin poder escapar, con todos los demás que gritaban y jaleaban a los famosos, se entretuvo llamando a un amigo y retransmitiéndole lo que veía. “Mira, en este momento sube Claudia Cardinale… Ahora llega Joan Collins… ¿y aquél? ¡Si me parece que es Martin Scorsese!” Y su amigo, un filósofo sombrío cuya expresión favorita para calificar la vida diaria es “el horror”, un convencido habitante del corazón de las tinieblas, prescindió de pronto de su dignidad abisal y le contestó, excitado: “¡Estás en el centro del mundo! ¡En el centro del mundo!”

Así es el centro del mundo que tenemos.
Y la Red llena el resto de la circunferencia.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Vertedero

Contador de visitas

¿Una misión en la vida? ¿Quiere usté callar? Pues claro que la tengo.

Y para alcanzarla me he preparado a conciencia: nada de medias tintas. He pasado con aplicación y algún relumbre por todos mis años de colegio y de estudio sin rechistar, he terminado una enseñanza superior y conseguido algún que otro diploma de adorno completamente inútil en el que he invertido esfuerzos nada desdeñables. He renovado puntualmente mi documentación, he conseguido poseer varias tarjetas de crédito y carnets variados. He tenido el hijo preceptivo. No he plantado ningún árbol, pero he logrado que mi granadillo no se seque después de seis años en el balcón de mi casa, lo cual es una proeza, considerando que las plantas se mustian en cuanto que me acerco. No he escrito ningún libro, aunque he sembrado de tonterías las páginas de algunos cuadernos privados, además de hacerlas públicas en este.

Durante muchos años mi misión en la vida fue evitar el ridiculo. ¿Cómo? Básicamente construyendo una persona muy distinta mediante la técnica de amurallar la que en realidad soy. Como las ciudadelas medievales. Esto requiere una labor de perfeccionamiento de la neurosis constante y entregada, que al final es un atajo refinado hacia cualquier grado de locura. En mi caso, derivó, entre otras, a una forma peculiar de demencia, tremenda y poco reconocida: la de ser un vertedero de la basura ajena.

Uno se tapa, se tapa con una manta de reserva, de cordialidad distante, no comparte sus secretos, se aísla como un planeta rodeado por un anillo de educada amabilidad para que nadie se lo salte. Y las consecuencias empiezan a aparecer de inmediato. Advertencia para incautos: amigos, el que no hace ninguna confidencia es el que más confidencias recibe. ¿Por qué? Porque no se distingue entre quien sabe callar y quien sabe escuchar. Quien sabe escuchar en puridad, o es un santo, o le pagan bien por ello (o confesor, o psiquiatra, para entendernos). Pero el que sólo es un "callado", normalmente, no tiene deseos de rellenar ese silencio con los desahogos desaforados de los demás. Por decirlo de una forma sencillita: hablar es la principal afición de algunas personas. Y callar es la devoción de otras. Podría parecer que son especies complementarias, pero nada más lejos de la realidad: el hablador es la tenia, el parásito del silencioso. De modo que, como diría Félix Rodríguez de la Fuente, el "callado" puede llevar una plácida existencia en su madriguera hasta que es descubierto por ese terrible depredador que tanto abunda, ese animal que sólo adora escucharse a sí mismo.

Así he labrado yo mi sino social. Soy la figura ideal para escuchar toda clase de cosas que no me interesan; una figura de valor único (tengo que admitirlo) cuando se trata de barrer la pelusa de los detalles ínfimos de las vidas de los otros y ocultarla luego debajo de mi propia alfombra. Después de dos horas, cuatro u ocho de conversación, me quedo con un zumbido en los oídos, con la plena desorientación del vacío y con la borra que se han quitado de encima las personas que vienen a mí, benditas del señor, a retransmitirme incluso la parte de su vida que transcurre en el retrete. Una vez que me han informado de cuándo se han duchado, cuántas lavadoras han puesto, de los pelos y señales del diálogo con el portero a propósito del horario y del emplazamiento ideal de las bolsas de basura, de las peleas mezquinas con algún miembro de familiar por cuestiones tan bochornosas como si la cuñada guisa poco o mucho, o si los pasteles en la Confitería Rayma son más caros que en la Pastelería Firenze, ellos se van y yo me asomo a la ventana y siento que mis pensamientos, aquellos que le daban a la caza alcance, están ahora por los suelos como alpargatas rotas, aplastados contra la tierra, con las alas empapadas en ese chapapote absurdo del tiempo robado al tiempo por los descartes de las vidas de los otros.

Puedo afirmar, por tanto, que el que no busca es el que encuentra. Y encuentra, naturalmente, lo que no quiere. Un vertedero de información ajena, de quincalla inservible y basura de otros, en el centro de sus horas.

Lo peor es que, además, es imposible reciclarla.

martes, 10 de agosto de 2010

Un león, un jabalí, una hidra


Contador de visitas



"No tienes que librar a la tierra de monstruos porque no naciste Hércules ni Teseo: pero puedes imitarlos librándote tú mismo de los monstruos formidables que hay en ti. En tu interior hay un león, un jabalí, una hidra: pues bien, procura dominarlos. Procura dominar el dolor, el miedo, la codicia, la envidia, la malignidad, la malicia, la pereza y la gula."



Se diría que Epicteto, que seguramente llegó a conocer monstruos más terribles que los propios, ya que era esclavo en la corte de Nerón, se estaba inventando los pecados capitales del catecismo al escribir el párrafo anterior. Con la diferencia de que él colocaba al enemigo dentro y no fuera de uno: el demonio de los estoicos habita en los infiernos del espejo.

¿Y por qué un león, por qué un jabalí y una hidra? Un mundo dominado por fabulaciones mitológicas llenas de espanto, en el que las madres no dudaban en arrojar a sus hijos por los acantilados ciegos en un ataque de despecho, si es que los recién nacidos no habían sido previamente devorados por sus padres... ¿para qué necesitaba hidras que le inspiraran terror?

Por el contrario, si los encargados de poblar ese mundo con las criaturas de la imaginación habían sido capaces de idear una Cabra Sagrada, la paciente Amaltea, que con su leche salvó de la muerte a Zeus, y de honrar con cultos a la humilde Abeja Melissa, de dulce y nutricia miel, por la misma razón... ¿por qué no podemos albergar en nuestro interior algún animal manso, compañero de camino, sabio para consolar y deseoso de ayudarnos?

A pesar del consejo de Epicteto, es mucho más difícil luchar contra las fieras que uno distingue en la selva de las calles; es más duro volver a cargar con las armas y el escudo al salir de casa cada mañana que internarse, como hizo Teseo, por aquellos fangales del laberinto del corazón en busca de batallas. Porque los monstruos de dentro ya están casi catalogados y domesticados: a cierta edad, uno ya sabe cómo sobornar a Medusa, en qué recodo del camino acecha siempre el viejo Minotauro o cómo esconderse del cíclope que mansamente arrastra sus cadenas por el asilo de algunos calabozos interiores... Lo que nunca se sabe, aunque quede feo decirlo, es cómo lidiar con los terroríficos seres que circulan por el exterior.

No temo a mis propios esperpentos. Son míos; yo los he creado, yo los he visto crecer, los he alimentado con lo mejor que tengo, con lo mejor que fui. Son más sumisos que los hijos, más predecibles, y además nunca me abandonan. Yo confieso que los monstruos que más temo están al otro lado de la puerta. ¿Qué lleva usted por dentro, buen hombre? ¿Un león o una hidra? ¿O planea azuzar hoy contra mí el jabalí de su despotismo, con los colmillos bien afilados, tal vez porque he frenado demasiado bruscamente en un "ceda el paso"? Y usted, señorita monísima, ¿se transformará de repente en una gárgola horrenda, llena de soberbia y de desdén, cuando le pregunte con timidez si hace el favor de traerme una talla más grande? Querido hermano mío ¿seguirás hoy en guerra contra el mundo? ¿Habrás encontrado otra nueva forma de bombardear al prójimo para liberar el veneno de la soledad, que te enloquece? Madre, ¿con qué nuevo reproche sabrás herirme hoy, con qué beso traidor me estamparás el sello de la culpa, del repertorio archisabido de tus quejas cuál elegirás hoy para dispararme una flecha que me atraviese de parte a parte? Amor, amor mío, hay un águila enorme que cada día me devora las entrañas, enloqueciéndome con un dolor parecido al de las dudas, y en la quietud de la noche todo se vuelve a calmar sólo para empezar al día siguiente... ¿No serás tú quien me la envía?

No hay representación antigua ni moderna de quimeras, grifos o krakens que iguale el poderío del desprecio ajeno, de la injusticia ejercida con deleite sobre los más débiles, y del mal juicio y la discordia como manual de supervivencia. La malicia, la envidia, la codicia, la malignidad... ya no son nuestras debilidades íntimas: son las reglas del juego. Hay quien tiene aguijón y quien tiene alas. Estos últimos son siempre víctimas.

Ojalá, ojalá nuestros monstruos interiores sirvieran para algo, ojalá se rebelaran y subieran hasta arriba, hasta romper el hielo kafkiano de la superficie; ojalá existieran... porque lo que hay en las mazmorras de uno mismo no son fuerzas contrarias, sino vergüenzas consentidas.








jueves, 5 de agosto de 2010

Las falsas Musas o no existen las Hadas







He aquí una, digamos, "particularidad de género". Aspirar a ser la musa de un famoso es propio del género femenino.

¿Existen los "Musos"? Nadie habla de ellos. Yann, el último gran amor de Marguerite Duras, por ejemplo, es ante el mundo solamente el último gran amor de Marguerite Duras. ¿Alguien se imagina a Juan Carlos Onetti siendo calificado como el "Muso" de Idea Vilariño? ¿O a Salvador Dalí y Paul Eluard como "Musos" de la inefable Gala?


Sin embargo las mujeres adoran ser, como mínimo, musa de cabecera de un poeta. O de un filósofo, o de un pintor, o del portero de la selección española de fútbol. Hace poco leí que una escritora era, incluso "Musa de Musas", especializada, naturalmente, en ejercer su divina influencia sobre personajes ya consagrados que no necesitan la asistencia de musa alguna. Pero ella parecía feliz habiendo alcanzado el preciado título, condecoración a su encanto y su belleza, a su inteligencia sin fin y sin recato. Es obvio que, en este caso, la admiración ajena le despierta una enorme voracidad; tanta, que nunca tiene suficiente; incluso, como la luna, se contenta con recibir el eco del brillo de la persona a la que acompaña con tal de que algo se le pegue. A decir verdad es un rasgo que forma parte del signo de los tiempos, aunque se acentúa en unas más que en otros.

¿Quién empezaría con esta moda de prenderse los méritos del hombre ilustre en el escote como si fueran un adorno propio, un broche, o una flor en el pelo, y de atribuir los éxitos del amigo o del compañero a la influencia benéfica de su compañía? Vanidad de Vanidades. ¿Sería George Sand, quizás? ¿O Lou Andreas Salomé, modelo básico de nivel I para las que aspiran a licenciarse en Musa de Cámara de Personajes Perdurables? ¿O yendo más atrás, serían tal vez las salonnières de antaño, que tendían sus redes con objeto de atrapar cuanto poeta, pensador, músico o incluso criminal de moda pudiera realzar su personalidad, la decoración de su recibidor, su reputación o su tocado?

"Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio..."

En el inicio de la Odisea, la Musa a la que invoca Homero tiene una especie de función secretarial: recuérdame las hazañas de Ulises, apúntame los detalles... no me dejes olvidar. No en vano, las Musas son hijas de la diosa de la Memoria. Nunca son ellas la responsable del amor o del dolor o del valor del héroe, sino puros recordatorios, puentes entre los conocimientos y los sentimientos del propio autor; en cierto modo sirvientas o casamenteras entre el genio y la obra. De hecho fueron llamadas "buscadoras", puesto que era su tarea mayor buscar el término, la nota, el argumento, el dato, el paso o la estrella perdida...
Durante el modernismo, sin embargo, Rubén Darío, comparando la relación del poeta y la musas con el famoso episodio de la violación de Leda por el cisne/Zeus, considera a las musas como una materia moldeable para la creación, a la que da vida el hombre todopoderoso en el momento en que las posee. O así lo interpretan "las" exégetas del asunto. Con lo cual se perpetuarían los papeles históricos de la división de géneros y el feminismo quedaría, una vez más reivindicado.
Pero, si esa fuera la interpretación correcta, ¿por qué tantas mujeres se derriten cuando las llaman "Musas"? Y hablo de mujeres políticamente señaladas, comprometidas: Ana Ajmátova, Elsa Triolet, Misia Sert... Sin contar con el producto nacional, a veces sonrojante. No; es obvio que nuestras musas modernas se han arrogado un papel distinto: de ellas mana la inspiración y el canto. Ellas son el origen de la elevación y de cualquier cualidad necesaria para que el autor, puro médium en trance, transcriba su pensamiento divino. Y, por supuesto, acaparan en su etérea tutela las funciones que antes se repartían entre las siete hermanas, sobre todo si han alcanzado el grado de "Musa de Musas", que debe ser el no va más, como el de Almirante de la Armada. Ellas solas reúnen las múltiples funciones de las pobres divinidades antiguas, confinadas a sus distintos negociados:
- Calíope se encargaba de la poesía histórica, y a ella se le debía el recuerdo de gestas como la Odisea, la Ilíada o la Eneida.
- Clío, solapándose en cierto modo con la anterior, presidía la historia y las grandes hazañas.
- A Melpómene le tocó la tragedia. Sería la antecedente, tal vez, de investir de prestigio a la vulgar mala leche de la tipeja a la que muchos poetas conocen por el nombre de femme fatale.
- Talía era la musa de la comedia, y por eso se vestía con ropas ridículas, haciendo lo que en la actualidad llamaríamos el payaso.
- Euterpe paseaba por el mundo con su flauta (no consta si la acompañaban perros pulgosos), puesto que era la encargada de la música; y a sus sones brillaba Terpsícore , musa de la danza.
- Erato, fuente de la poesía amorosa y lírica, sigue siendo sin duda aquella a quien todas las chicas querrían quitarle el puesto.
-Polimnia la pensativa no parecía muy sociable ni muy reconocida, en su empeño por defender la poesía sagrada.
- Y Urania, musa de la astronomía, se representaba con un globo terráqueo y un compás para medirlo.
Y ahora... Es bien triste comprobar que en este siglo destinan tantos esfuerzos en su campaña para atrapar al famoso que las adopte como Musa, con tal de convencer a los demás de que son únicas y maravillosas, para que luego el ser elegido, aquél sobre quien ellas derraman su inigualable don, escriba versos o canciones como ésta:
"Los begin the begin cuando terminan
estilo Lauren Bacall dicen que no.
Qué putas son las musas de las esquinas,
siempre acaban con otro mejor que yo.
Qué zócalo en el alma, viva Chavela,
elemental, dear Watson, traduzca usted.
Crimen en Maracaibo, nueva novela
de Paco Ignacio Taibo, sale este mes."




domingo, 31 de enero de 2010

Espantada de los ángeles fotógrafos


¡Cuidado, criaturas celestiales! ¿Sois de esos ángeles curiosos, como los que sacaba Wim Wenders en "El cielo sobre Berlín", de los que gustan de espiar a los humanos y envidian la parte más cotidiana de sus vidas? Pues corred a esconderos. Porque si éste tipo os pilla metiendo la nariz n sus asuntos podéis acabar en pleitos muy serios.


Habrá que buscarle un rincón apartado a vuestro nuevo huésped. Una nube amurallada y oculta, que esté especialmente resguardada de los infinitos Plastas Literatos para los cuales el recién llegado supondrá, sin duda, un gran regocijo. Y anda que no hay plastas entre los habitantes del Parnaso de las letras. Pero no saben con quién se la juegan. Él es muy capaz de pegarle un puñetazo a cualquiera que se le acerque; así fuera el mismo Víctor Hugo con sus modales ampulosos y sus excéntricos ropajes, deseoso de dejar su tarjeta en el Libro de Visitas. Él es el Número Uno de los nuestros, de los irredentos, impenitentes, recalcitrantes misántropos; el hombre que se convirtió en un fiero lobo para el hombre, después de haber hecho que los demás humanos nos sintiéramos un poco menos avergonzados de serlo.
Así que dejadlo en paz, nada de espionaje. Por fin se reunirá, como mucho, con Seymour Glass y con el hermanito de Holden Caulfield, para contarse cosas que nadie más entiende, como las aventuras que contaba Franny Glass cuando juraba en su programa de radio que de noche volaba por los techos de su casa.
Va para allá el hombre que convirtió la soledad en un manantial de alegría. Dejarlo solo, como a Belmonte. Ni se os ocurra recibirlo con cánticos corales, con fiestas en el paraíso, con discursos o con ninguna de las pesadísimas consecuencias de la gloria.
El hueco que Salinger deja aquí abajo nunca será un vacío.



viernes, 22 de enero de 2010

Cuando a la ruleta rusa le falla el mecanismo

Jugando a descubrir aficiones de los internautas que puedan resultar interesantes, he mecanografiado en google la siguiente frase:

"¿Cuáles son las mejores maneras de suicidarse?"

Había 390.000 entradas. Y eso solamente en español. Si imaginamos que puede haber otras tantas en chino, en inglés, en algunos cuantos de los miles de dialectos hindúes o africanos, en japonés (donde el asunto es tan baladí como ir de copas) o en la Francia atribulada de Telecom, podemos suponer que habrá como un par de millones de criaturas pidiendo por ahí opinión acerca de cuál es el atajo más cómodo para apearse de este mundo y que le vayan dando.

Sin embargo, resulta decepcionante comprobar que estos suicidas en potencia en realidad muestran una deleznable tendencia a permanecer en el planeta que dicen odiar. Todos ellos están dispuestos a confesar sus razones en público (cosa que el suicida de pro siempre ha evitado con pundonor torero, dejando a lo sumo una nota concisa y dirigida a una persona de su confianza); y, lo que es peor, sospecho que estos cibernecrófilos desean dejarse convencer para cambiar de idea. Su falta de determinación es bochornosa comparada con el pulso de Larra, con la indiferencia de Sócrates ante la cicuta, con el morbazo que le echó al asunto Cleopatra, con la poética ritualización de Mishima y en fin, con el sinfin de narcisistas que hicieron de su mutis por el foro de este mundo un último gesto de autoestima y nonchalance .

Con todos mis respetos para los dolientes que planean a solas el alivio de tanto hartazgo, de tanta iniquidad y tanto morro, a los que no pretendo dar razones para continuar con sus propósitos, digo esto poCursivarque me cuesta trabajo sentir el abandono de quienes piden a la Red que los ampare para llegar de la manera más dulce a la morada de la vieja Tanatos, a la que ni siquiera conocen. En pago de su indecisión reciben respuestas y argumentos como éste: "tienes que salir adelante, vale, lo estarás pasando mal, pero piensa que en un futuro todo irá mejor,mirarás atrás y verás esto, y fijo que le darás gracias a Dios por no haberlo hecho". Una de estas Consolatrix Aflictiorum ofrece un argumento que no tiene desperdicio: "Me han dicho que los que lo hacen, luego se arrepienten". Genial ¿no?

Lo que es infrecuente es que alguien, sin sorna ni demasiada solemnidad, responda con naturalidad a la pregunta. Como Ana Paula:

"Imbéciles, yo también he tratado de hacerlo pero sólo de pensarlo en serio me cago de miedo de pensar que me pueda doler, soy muy sensible al dolor y no soportaría quedar medio viva aguantando los reproches de todo el mundo, y el ridículo que haría en el barrio y en la familia. Feliz suicidio idiotas".

O también Ángela:

"La única manera que se me ocurre de morir sin sufrir para la gente que lo desea así es encerrarse con una estufa en una habitación, pero yo no sé encender una estufa, así que habré vivido sufriendo y moriré sufriendo"

Jesús Caracas le saca partido a la ola depresiva:

"Chicos, yo suicido a domicilio. Páguenme por adelantado y los suicido (sólo pago en efectivo, nada de cuotas). Tengo el carnet de suicidador profesional de depresivos. Absoluta privacidad. Si no sabes escribir una carta de despedida te ayudo a redactarla. O la puedo recitar con mandolinas cuando encuentre a tu primer pariente".

Personalmente mi suicida favorito fue siempre el actor George Sanders, a quien en el último momento no le faltó ni la decisión, ni la inspiración, ni la determinación, ni el sentido del humor. Su nota póstuma decía escuetamente: "Me aburro".

martes, 19 de enero de 2010

Los caballeros las prefieren ninfas

"No me gustan las señoras", declaraba un sonriente Fernando Sánchez-Dragó (de 73 años) en no sé qué entrevista que circula por ahí. Con esto no quería decir que le gustaran los señores, sino que no le gustaban las mujeres que empezaban a peinar canas. Aderezaba la charla una foto suya, desnudo y de espaldas, junto con su esposa japonesa (cuyo nombre he olvidado), también desnuda, de 35 años.

¿Para qué puede servir una mujer después de los treinta y cinco? Para nada. Es obvio.

En "El diario de la guerra del cerdo", Bioy Casares (que mantenía una amante de 27 siendo octogenario) imaginaba un mundo aterrador en el que los viejos no podían salir a la calle, porque estaban condenados al exterminio. A veces sospecho que ese relato terminará siendo profético, como también lo fue en su día el espléndido "La Invención de Morel", donde, a la manera de Jules Verne con el viaje a la luna, Bioy concibió por primera vez el holograma sin saber que semejante invento llegaría a existir.

Pero tanto el holograma como "la guerra del cerdo" ya están aquí. Los viejos son la carga de las familias, salen muy caros a la hacienda pública, se eternizan charlando con los empleados en los bancos y cajas de ahorro, se transforman en bultos que ocupan en verano las camas de los hospitales, se especializan en reproches y se anquilosan en sus historias de miserias en blanco y negro. Sin embargo, lo peor no son ellos. Aún hay algo más despreciable, por muy dífícil que resulte creerlo, lo sé.

Lo peor son las viejas. Para las viejas habrá que crear campos de concentración. O mejor, aniquilarlas, gasearlas directamente. Y cuando digo viejas, me refiero a las mujeres que empiezan a peinar canas; esto es, a las que llegan al límite a partir del cual pueden perder toda esperanza de atraer la atención de Fernando Sáchez Dragó, por poner un ejemplo (nada personal, desde luego) y abandonar el sueño de fotografiarse enseñando el culo junto a él.

Si hay vida o no después de los cincuenta años para una mujer, dependerá de cuántos seres extravagantes sean capaces de ignorar su edad (quizás queden ejemplares trastornados de hombres, mujeres, muchachas, chicos o incluso otros viejos a los que no les importen los años). Seguirá, por supuesto, asumiendo el peso de la marcha del hogar, ayudando a los suyos, cuidando a los hijos y a los nietos o a los hermanos y los sobrinos, y trabajando durante un tiempo; para esas tareas apenas si existe más límite que la enfermedad. Pero un buen día comprenderá que se ha vuelto invisible. En un abrir y cerrar de ojos notará que ha desaparecido por completo su presencia como mujer.

Es inútil intentar prolongar esa presencia con alguna treta: por ejemplo, disimulando que ya ha cruzado la línea. La línea de los años, se sobreentiende. Asunto éste del disimulo que es un verdadero gasto, emocional y del otro: requiere interminables sacrificios, sesiones de gimnasio, dietas y al final no funciona. Porque nadie atrasa las manecillas del reloj. Ni siquiera se puede dejar el problema en manos de un cirujano plástico, ya que hasta el más experto profesional es incapaz de borrar el trazo del bisturí en una cara estirada como la piel de un tambor. Además, como todo el mundo sabe, las operadas cambian de expresión. Tony Curtis, Kirk Douglas o Sinatra han lucido por los escenarios internacionales su pelo implantado sobre un cutis de cera sin que a nadie se le ocurriera extrañarse, pero las mujeres arrastran su plastificada juventud con un aire triste de muñeca en la basura, como aceptando de antemano que el ridículo es mejor que el olvido. La prolongación de la vida tras la menopausia tampoco depende del todo de una chequera abultada, ya que nadie cae más bajo socialmente que la mujer que paga por seguir siendo amada.

"No me importa hacerme viejo" dijo una vez un eminente escritor español. "Lo que no soportaría sería convertirme en una vieja". Y Pedro Antonio de Alarcón pone en boca de uno de sus personajes una réplica curiosa al piropo que un amigo le ha dedicado a su mujer: le confía a éste el secreto de su edad. Es verdad que su esposa fue muy bella cuando era joven, pero aunque se conserva bien ya es una vieja. Ante el asombro de su amigo le aclara que la pobre tiene ya cuarenta y cuatro años.

Así que las viejas, vejestorias, momias, quiero decir, pueden ir tomando el camino de Narayama. Que las ninfas arrollan y piden sus puestos. Esas jóvenes al estilo de American Beauty, con su resplandeciente melena sin canas rozándoles la cintura, sus códigos incomprensibles de lenguaje y el tanga por fuera del pantalón se aposentan tras los mostradores de los comercios y en los bancos de la facultad, llenan las aceras y los carteles de las películas y no tienen ni idea de que el tiempo pasa. ¿Quién puede resistírseles? Como decía un diálogo memorable de Gene Hackman, acusado de perseguir a nenas adolescentes en una película de hace quince años: "Me gustaban así cuando era joven y me siguen gustando así ahora. ¿Qué culpa tengo yo? ¿Para qué quiero una mujer que piense? Ellas no piensan. ¡Ellas sólo se ríen!"

Ni lo intenten. Aunque hayan aprendido a reírse en vez de pensar; incluso aunque sepan reírse a pesar de que piensan, si empiezan ya a peinar canas no les servirá de nada.

sábado, 16 de enero de 2010

Los peligros de la soltería



Este señor es Hölderlin

Este de aquí, Lacan, dando clase.


Y aquí, el peligroso funcionario Huysmans.



Acabo de leer en un ensayo estupendo de Francisco Domínguez, de la Universidad de Zaragoza, que un Dr. Tardieu, a finales del siglo XIX, dirigió una carta al Señor Ministro de Finanzas de Francia proponiéndole la creación de un impuesto sobre el celibato.

Y cita el mismo autor, a quien agradezco su ameno estudio, el dictamen de un médico de la época sobre los peligros que supone la figura del soltero para la comunidad:

"No contento con faltar a su deber, a menudo busca cómplices, y tiende a corromper todo su entorno; dentro de la sociedad constituye una causa incesante de desórdenes, desgracias y depravación".





El ensayo del profesor Domínguez se refiere a un peligrosísimo ejemplar de misántropo: Huysmans, el célebre autor de "Al revés". Y en él se detallan las degeneradas costumbres del escritor que, como Kafka, Melville o Pessoa (con quienes tendremos que tropezarnos cualquiera de estos días), era un oficinista, y publicaba sus novelas con un seudónimo que consistía en una traducción de su propio nombre al holandés.


Por ejemplo, uno de los abominables rituales en que consistía la vida de Huysmans era la búsqueda de un buen restaurante barato (y no demasiado sucio) para almorzar todos los días. Tremenda la tristeza que le sobrevenía cuando, tras haber establecido la costumbre de sentarse siempre en la misma mesa, el solterón la encontraba ocupada.


No comparto las conclusiones psicoanalíticas del autor de este ensayo (¿y a quién puede importarle que yo las comparta o no?), especialmente cuando saca a relucir al dichoso Lacan y a Karen Horney, a Simone de Beauvoir explicando el miedo masculino a la sangre menstrual y a otros varios doctos inventores de principios teopsicológicos o psicodogmas de cuyas formulaciones, ay, disiento. Pero qué hermosa es su argumentación y qué cuidadoso su incisivo criterio a la hora de investigar y recopilar datos extraños y dignos de elogio.


Más que la explicación del complejo de Edipo, o de culpa, o de castración, que lleva a un misántropo a serlo, me interesan los mecanismos de mantenimiento a ultranza de su conducta, en un mundo que no ha cambiado tanto desde que, hace dos siglos, un ciudadano de pro exigiera a la Hacienda Francesa cobrar una tasa a los solitarios. Me interesan sus rituales, su comportamiento, y los frutos de que de él se obtienen.

Me interesa lo que encierra el verso de Hölderlin (aunque no se debe confundir loco con misántropo):

"Cuanto más es uno
se destina a lo extraño"
Misterioso, ¿verdad?






viernes, 15 de enero de 2010

Las cuatro virtudes cardinales




Un sol radiante, como desesperado, inunda la ciudad después de quince días ininterrumpidos de lluvia.




Para mí tanto sol no es bueno. Sospecho de los días hermosos, unidos al repugnante arco iris, los trinos de los pájaros y las flores. Estoy con Espronceda:




"Me gusta ver el cielo


con negros nubarrones


y oir los aquilones


horrísonos bramar.


Me gusta ver la noche


sin luna y sin estrellas


y sólo las centellas


la tierra iluminar"




En efecto. Salgo a hacer gestiones y me encuentro lo de siempre en la calle (que diría el tango):malas caras, malos modos, sorpresas desagradables e inconvenientes imposibles de solucionar. Y vuelvo a casa debajo de mi capa invisible, queriendo oscurecer con los rayos de sombra que esparzo con los ojos los parques y las plazas y las avenidas ominosamente rebosantes de luz.




Como quien evoca un mundo en el que no existe Polaris World, en el que no existe Terra D'Or Ciudad de Vacaciones, en el que no existe Port Aventura ni las playas de Motril ni las de Santa Pola, mientras camino recito los mantras de Cioran: "Nada reseca tanto la inteligencia como la imposibilidad de concebir ideas oscuras".


El loco de Nietszche, en comparación con éste, era Georgie Dann. Suponía incluso que el ser humano tenía virtudes: cuatro para ser exactos. A saber: el valor, la penetración, la simpatía y la soledad. ¿Os imagináis a Nietszche creyendo en la simpatía? El valor, se le supone, como en la mili, a todo ser viviente que opte por continuar tratando con el prójimo. Entiendo aquí "penetración" como una especie de traducción de lo que los anglosajones llaman "insight", o sea, en primer lugar: capacidad de percibir con agudeza los nudos donde se enreda el ser; en segundo lugar, saber desenredarlos sacándolos a la superficie con una explicación simple y clara. Finalmente, por fin aparece una virtud digna de Nietszche en este cuarteto de puntos cardinales: la soledad.


Claro que las coordenadas son las propias de un loco. Si cultivas la simpatía, ¿podrás cultivar la soledad? Si de verdad penetras en la naturaleza de las cosas, ¿tendrás suficiente valor para mantener la simpatía? Si amas la soledad ¿para qué quieres la penetración? ¿Para clavarte el aguijón a tí mismo?


Rescatemos a otro misántropo de feliz recuerdo para despejar el barullo niechstzeano:
"No hay en el mundo señorío como la libertad de corazón".
Amén, padre Gracián.
















"

jueves, 14 de enero de 2010

Adorables misántropos I


¿Lo conocéis?
Lo pintó Brueghel el Viejo.
La capa negra, el rostro oculto, la sensación que desprende de que todo lo humano le es ajeno. Envidiable personaje, absorto en sí mismo, indiferente a las burlas y al hostigamiento de los otros, feos seres como reptiles a los que ni siquiera ve. No como el célebre Diógenes de Sínope, que se defendía de los chiquillos que lo molestaban sacando la cabeza del tonel en que vivía, a gruñidos y mordiscos, como un perro.
Tampoco se parece a Cnemón, el misántropo de la obra de Menandro, que recibía a pedradas a los pretendientes de su hija. Pero el griego Menandro, que cuando la escribió sólo tenía 26 añitos, al final se decidió a redimir a su insoportable personaje, lo obligó a claudicar y lo hizo admitir "el error" de la soledad.
El protagonista del cuadro de Brueghel no haría eso. En su jardín abandonado jamás crecerían las rosas absurdas del consuelo. A él podríamos acercarnos sin temor a escuchar frases como "Ya vendrán tiempos mejores", "Es ley de vida", "Tómalo por el lado bueno"....
Mirándolo, uno comprende que los viejos carecen de ángel de la guarda.
También Molière escribió una obra que se llamaba "El Misántropo". Aunque tenía un subtítulo: "El Misántropo o el atrabiliario enamorado". En ella, el joven Alceste se las arregla para fracasar en todos sus empeños, especialmente, claro, en el amor; de modo que parte "para buscar sobre la tierra un apartado lugar, donde se pueda ser hombre de honor libremente".
Si alguien conoce ese lugar le ruego que me lo dibuje en un mapa.
Por cierto que a Molière, que además de misantropía padecía de hipocondria, los dioses le gastaron la simpática broma de fulminarlo en plena representación, cuando interpretaba la caricatura del hipocondriaco por excelencia en "El enfermo imaginario".
En una ocasión el autor dejó escrito: "Tal vez sea mejor intentar eliminar definitivamente las pasiones que esforzarse en suavizarlas o corregirlas".
No obstante, Jean-Baptiste Poquelin, como tantos otros misántropos de orden, creía en la risa. Mis favoritos son los misántropos que terminan resultando humoristas sin querer.
Como Cioran. Sus aforismos -los misántropos aman el aforismo- a veces son chistes de primera calidad. Desde los más profundos, como ese tan conocido de "Si Dios se lo debe todo a alguien, es a Bach" hasta los más ligeros: "Sólo se suicidan los optimistas". Y qué decir de los hermosos títulos de sus libros: "Breviario de podredumbre", "Del inconveniente de haber nacido", "Ese maldito yo"... Al fin y al cabo, Cioran había nacido en Transilvania.
Este repaso levanta el corazón. Continuará.