domingo, 29 de agosto de 2010

PLATAFORMA POR LA RESTITUCION DE LA DIGNIDAD PERDIDA DE LAS CABRAS





Porque yo sufro con la constante humillación a la que están sometidas las cabras. Esas miradas indefensas despiertan en mí un agudo instinto de protección. Y apuesto a que no soy sólo yo; aprovechemos el asociacionismo que nos permite la Red, y hagamos una piña contra la difamación constante a la que se somete a este humilde animal: los humanos las degradamos afirmando de cualquiera que está "Más loco que una cabra"; o (para no insistir en las crueles tradiciones ancestrales que las hacían volar desde un campanario) las enseñamos a subir a una escalera y a girar con las cuatro pezuñillas reunidas en un espacio no más grande que un huevo frito, mientras una trompeta desafinada destroza un pasodoble.

Las he visto cruzando las carreteras recién paridas, con la placenta sanguinolienta colgando, y apresurándose para no quedar lejos del rebaño, como si no hubiera pasado nada, como nos contaba Pearl S. Buck que parían las mujeres japonesas. Resignación y no locura es lo que derrochan estas señoras, al lado de las cuales muchos humanos no son más que bestias. Eso por no hablar del "chotillo" que se mata en las fiestas, o de las veces que les ha tocado ser objeto de deseo de un pastor solitario en mitad del campo. Costumbre tan antigua que está inmortalizada en una exquisita estatuilla del Museo Arqueológico de Nápoles, rescatada de las ruinas de Pompeya, donde un macho cabrío queda al capricho de un fauno de sonrisa diabólica. En un acto que reúne, si uno lo piensa bien, la zoofilia y el incesto.

Y cómo lo sobrellevan todo. Ni protestas, ni orgullo, ni hojas de reclamaciones, ni pastillas contra la depresión, ni más exigencia que un risco y una mata de tomillo.

He comprobado que, al fracasar por completo cualquier atisbo de esperanza en una revolución que pudiera convertirnos en algo parecido a igualitarios, fraternales o solidarios, la única salida que nos queda es el plataformismo. Durante la década anterior proliferaron las ONGs. Uno se leía, por ejemplo, un boletín oficial de gobierno de una comunidad autónoma, y se pasmaba al llevar la cuenta de las ONGs que había, y del dinerito que se les destinaba. Tal vez eso haya influido en el hecho de que ahora se empieza a ver una imagen, digamos, un poco distorsionada de aquellas intenciones misioneras, que aunaron entrega, poesía, y muchas, muchísimas subvenciones.

Al socaire de la decadencia (pero no demasiada) de la vía ONGera, que era un poco como sustituir a las obras de caridad de las Damas Nobles por las obras de caridad de los Jóvenes Idealistas, surge el movimiento Plataformista. Y dentro de este movimiento, uno también se encuentra, gozosamente, con plataformas para todos los gustos.

Plataforma para que expulsen a Jonathan de Fama 3. Plataforma para potenciar actividades educativas a distancia. Plataforma para el perfeccionamiento de ciertos videojuegos. Plataformas para representar sonidos naturales en Internet. Plataforma sobre cómo ganar dinero navegando por la red. Plataformas para fomentar la implantación del libro digital... Sé que hay miles más, millones si contamos las plataformas de Facebook y otras redes sociales, que son las más divertidas, porque apoyan o intentan destruir al enemigo o al ídolo; y son tan instantáneas como un anuncio de la televisión: quiero decir, duran lo que dura la noticia que atañe a la persona implicada, que no suele sobrepasar los famosos quince minutos de Andy Warhol.

Como, al igual que a mis cabras, no me gusta quedarme a la zaga, propongo esta plataforma, tan útil como las otras, aunque quizás más compasiva. Una Plataforma de amantes de estos bichos tan agradecidos y pacientes, capaces de sobrevivir con menos necesidades y en condiciones más incómodas que el mismo Budda, que no hay que irse tan lejos para tomar ejemplo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

MUNDO IDIOTA




Ay de nosotros, con nuestras noticias, nuestro afán de novedades, nuestra absurda esperanza al abrir las páginas del periódico (“hoy sí vamos a leer algo que merezca la pena”) y nuestros sofocos por cuestiones que mañana serán polvo; pero polvo de verdad, nada de polvo enamorado.

“Tristes guerras… si no es amor la empresa”. Gracias a Internet ahora las “guerras” son más tristes todavía. Se han multiplicado las polémicas artificiales en las que todos metemos con pasión nuestra cuchara de madera, como quien mete la pezuña en el barro pretendiendo dejar huella.

Escribimos la música del presente sobre un pentagrama de naderías. Monocorde, tontita, sinfonía de discoteca ibicenca dirigida por un señor con frac, que es el Tiempo. Con Internet como lanzadera hemos puesto en órbita la basura espacial de las opiniones. Opiniones que ni unen, ni separan, ni buscan la verdad, ni su contrario. Opiniones que opinan sin cesar, haciendo el ruido que hacen las opiniones cuando sus cáscaras vacías chocan entre sí. Véase la mía, por ejemplo.

Y sucede lo inevitable: con tanta opinión circulando por ahí, se fecundan las controversias. Muy importantes. De repercusiones enormes, grandes discusiones que saltan de inmediato por el tablero de país en país y de continente en continente, fichas locas del juego de la vanidad.

Un rockero de los viejos tiempos se despide de Twitter no sin antes llamar “rebaño de boludos con blackberry” a sus anteriores contertulios, y aconsejando a la popular red social que “se meta sus 140 caracteres profundo por el ojete”. Portada de periódicos; aluvión de blogs; contestaciones impertinentes, alabanzas, sacudida peligrosa de las entrañas de la tierra.

Un príncipe griego (país donde no existe la monarquía) se casa en una preciosa isla de pescadores, que de pronto se ve invadida por una panda de ricachones privilegiados en torno a los que se congrega la atención de la Actualidad, esa diosa de usar y tirar. Opiniones al canto. Que si la sangre azul, que si la revolución, que si el trajecito de Mileidi está o no está a la altura del momento. Fundamental ocasión para aprovechar y añadir nuestra perspectiva del asunto en uno de los mil foros disponibles a tal fin. O en nuestro propio blog, ya ven.

Alguien afirma, en medio de la modorra del verano, que el “ser” español no casa bien con el cine. ¿Ontológicamente? – pregunta un señor que responde en serio a semejante teoría. Esta cuestión trascendental surge a raíz de un artículo en un periódico que, obviamente, ya no tiene nada que decir; y pasa casi desapercibida, debido a que el personal se encuentra disfrutando de sus vacaciones y no está para farolillos periodísticos. Pero… ¡ay! La gema llegó a la Red. ¡Menuda pesca! Cumple todos los requisitos para cuajar en ella: es una piedra preciosa de matices absurdos, un Ionesco sin ningún sentido, capaz de suscitar odios y sorpresa, con ingredientes medio patrioteros y con varios sujetos (el cine, el ser, el español) siempre candentes. Opinemos pues, sin tasa ni medida, ahora que hemos vuelto a nuestra celda, aunque no hayamos entendido ni una palabra de algo que está más allá de toda comprensión.

Podría seguir enumerando los temas que nos enardecen; pero se me viene a la cabeza una historia que escuché hace poco. Una conocida mía coincidió sin querer, durante un viaje, con los fastos de un antiguo festival de cine de muchas campanillas, de los de alfombra roja con sus figuritas de porcelana desfilando por ella, como serán pronto los belenes modernos. Luego contó lo que vio en una reunión de amigos. La gula de la gente por rozarse con los notables de la tribu, las vallas que separaban a las “celebrities” de los mortales (“les acteurs… nous sommes eternels” aseguró la actriz que presentó el evento), y algunos episodios medio divertidos (como el del joven vestido de smoking que portaba un cartel donde se leía “Vendo mi virginidad a cambio de una entrada”).

La pobre mujer se vio atrapada en medio de la calle en el momento justo en que llegaba la comitiva de honor de la apertura del Festival, así que tuvo que presenciar el desembarco de las estrellas al pie de la escalinata. Confinada detrás de la valla, sin poder escapar, con todos los demás que gritaban y jaleaban a los famosos, se entretuvo llamando a un amigo y retransmitiéndole lo que veía. “Mira, en este momento sube Claudia Cardinale… Ahora llega Joan Collins… ¿y aquél? ¡Si me parece que es Martin Scorsese!” Y su amigo, un filósofo sombrío cuya expresión favorita para calificar la vida diaria es “el horror”, un convencido habitante del corazón de las tinieblas, prescindió de pronto de su dignidad abisal y le contestó, excitado: “¡Estás en el centro del mundo! ¡En el centro del mundo!”

Así es el centro del mundo que tenemos.
Y la Red llena el resto de la circunferencia.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Vertedero

Contador de visitas

¿Una misión en la vida? ¿Quiere usté callar? Pues claro que la tengo.

Y para alcanzarla me he preparado a conciencia: nada de medias tintas. He pasado con aplicación y algún relumbre por todos mis años de colegio y de estudio sin rechistar, he terminado una enseñanza superior y conseguido algún que otro diploma de adorno completamente inútil en el que he invertido esfuerzos nada desdeñables. He renovado puntualmente mi documentación, he conseguido poseer varias tarjetas de crédito y carnets variados. He tenido el hijo preceptivo. No he plantado ningún árbol, pero he logrado que mi granadillo no se seque después de seis años en el balcón de mi casa, lo cual es una proeza, considerando que las plantas se mustian en cuanto que me acerco. No he escrito ningún libro, aunque he sembrado de tonterías las páginas de algunos cuadernos privados, además de hacerlas públicas en este.

Durante muchos años mi misión en la vida fue evitar el ridiculo. ¿Cómo? Básicamente construyendo una persona muy distinta mediante la técnica de amurallar la que en realidad soy. Como las ciudadelas medievales. Esto requiere una labor de perfeccionamiento de la neurosis constante y entregada, que al final es un atajo refinado hacia cualquier grado de locura. En mi caso, derivó, entre otras, a una forma peculiar de demencia, tremenda y poco reconocida: la de ser un vertedero de la basura ajena.

Uno se tapa, se tapa con una manta de reserva, de cordialidad distante, no comparte sus secretos, se aísla como un planeta rodeado por un anillo de educada amabilidad para que nadie se lo salte. Y las consecuencias empiezan a aparecer de inmediato. Advertencia para incautos: amigos, el que no hace ninguna confidencia es el que más confidencias recibe. ¿Por qué? Porque no se distingue entre quien sabe callar y quien sabe escuchar. Quien sabe escuchar en puridad, o es un santo, o le pagan bien por ello (o confesor, o psiquiatra, para entendernos). Pero el que sólo es un "callado", normalmente, no tiene deseos de rellenar ese silencio con los desahogos desaforados de los demás. Por decirlo de una forma sencillita: hablar es la principal afición de algunas personas. Y callar es la devoción de otras. Podría parecer que son especies complementarias, pero nada más lejos de la realidad: el hablador es la tenia, el parásito del silencioso. De modo que, como diría Félix Rodríguez de la Fuente, el "callado" puede llevar una plácida existencia en su madriguera hasta que es descubierto por ese terrible depredador que tanto abunda, ese animal que sólo adora escucharse a sí mismo.

Así he labrado yo mi sino social. Soy la figura ideal para escuchar toda clase de cosas que no me interesan; una figura de valor único (tengo que admitirlo) cuando se trata de barrer la pelusa de los detalles ínfimos de las vidas de los otros y ocultarla luego debajo de mi propia alfombra. Después de dos horas, cuatro u ocho de conversación, me quedo con un zumbido en los oídos, con la plena desorientación del vacío y con la borra que se han quitado de encima las personas que vienen a mí, benditas del señor, a retransmitirme incluso la parte de su vida que transcurre en el retrete. Una vez que me han informado de cuándo se han duchado, cuántas lavadoras han puesto, de los pelos y señales del diálogo con el portero a propósito del horario y del emplazamiento ideal de las bolsas de basura, de las peleas mezquinas con algún miembro de familiar por cuestiones tan bochornosas como si la cuñada guisa poco o mucho, o si los pasteles en la Confitería Rayma son más caros que en la Pastelería Firenze, ellos se van y yo me asomo a la ventana y siento que mis pensamientos, aquellos que le daban a la caza alcance, están ahora por los suelos como alpargatas rotas, aplastados contra la tierra, con las alas empapadas en ese chapapote absurdo del tiempo robado al tiempo por los descartes de las vidas de los otros.

Puedo afirmar, por tanto, que el que no busca es el que encuentra. Y encuentra, naturalmente, lo que no quiere. Un vertedero de información ajena, de quincalla inservible y basura de otros, en el centro de sus horas.

Lo peor es que, además, es imposible reciclarla.

martes, 10 de agosto de 2010

Un león, un jabalí, una hidra


Contador de visitas



"No tienes que librar a la tierra de monstruos porque no naciste Hércules ni Teseo: pero puedes imitarlos librándote tú mismo de los monstruos formidables que hay en ti. En tu interior hay un león, un jabalí, una hidra: pues bien, procura dominarlos. Procura dominar el dolor, el miedo, la codicia, la envidia, la malignidad, la malicia, la pereza y la gula."



Se diría que Epicteto, que seguramente llegó a conocer monstruos más terribles que los propios, ya que era esclavo en la corte de Nerón, se estaba inventando los pecados capitales del catecismo al escribir el párrafo anterior. Con la diferencia de que él colocaba al enemigo dentro y no fuera de uno: el demonio de los estoicos habita en los infiernos del espejo.

¿Y por qué un león, por qué un jabalí y una hidra? Un mundo dominado por fabulaciones mitológicas llenas de espanto, en el que las madres no dudaban en arrojar a sus hijos por los acantilados ciegos en un ataque de despecho, si es que los recién nacidos no habían sido previamente devorados por sus padres... ¿para qué necesitaba hidras que le inspiraran terror?

Por el contrario, si los encargados de poblar ese mundo con las criaturas de la imaginación habían sido capaces de idear una Cabra Sagrada, la paciente Amaltea, que con su leche salvó de la muerte a Zeus, y de honrar con cultos a la humilde Abeja Melissa, de dulce y nutricia miel, por la misma razón... ¿por qué no podemos albergar en nuestro interior algún animal manso, compañero de camino, sabio para consolar y deseoso de ayudarnos?

A pesar del consejo de Epicteto, es mucho más difícil luchar contra las fieras que uno distingue en la selva de las calles; es más duro volver a cargar con las armas y el escudo al salir de casa cada mañana que internarse, como hizo Teseo, por aquellos fangales del laberinto del corazón en busca de batallas. Porque los monstruos de dentro ya están casi catalogados y domesticados: a cierta edad, uno ya sabe cómo sobornar a Medusa, en qué recodo del camino acecha siempre el viejo Minotauro o cómo esconderse del cíclope que mansamente arrastra sus cadenas por el asilo de algunos calabozos interiores... Lo que nunca se sabe, aunque quede feo decirlo, es cómo lidiar con los terroríficos seres que circulan por el exterior.

No temo a mis propios esperpentos. Son míos; yo los he creado, yo los he visto crecer, los he alimentado con lo mejor que tengo, con lo mejor que fui. Son más sumisos que los hijos, más predecibles, y además nunca me abandonan. Yo confieso que los monstruos que más temo están al otro lado de la puerta. ¿Qué lleva usted por dentro, buen hombre? ¿Un león o una hidra? ¿O planea azuzar hoy contra mí el jabalí de su despotismo, con los colmillos bien afilados, tal vez porque he frenado demasiado bruscamente en un "ceda el paso"? Y usted, señorita monísima, ¿se transformará de repente en una gárgola horrenda, llena de soberbia y de desdén, cuando le pregunte con timidez si hace el favor de traerme una talla más grande? Querido hermano mío ¿seguirás hoy en guerra contra el mundo? ¿Habrás encontrado otra nueva forma de bombardear al prójimo para liberar el veneno de la soledad, que te enloquece? Madre, ¿con qué nuevo reproche sabrás herirme hoy, con qué beso traidor me estamparás el sello de la culpa, del repertorio archisabido de tus quejas cuál elegirás hoy para dispararme una flecha que me atraviese de parte a parte? Amor, amor mío, hay un águila enorme que cada día me devora las entrañas, enloqueciéndome con un dolor parecido al de las dudas, y en la quietud de la noche todo se vuelve a calmar sólo para empezar al día siguiente... ¿No serás tú quien me la envía?

No hay representación antigua ni moderna de quimeras, grifos o krakens que iguale el poderío del desprecio ajeno, de la injusticia ejercida con deleite sobre los más débiles, y del mal juicio y la discordia como manual de supervivencia. La malicia, la envidia, la codicia, la malignidad... ya no son nuestras debilidades íntimas: son las reglas del juego. Hay quien tiene aguijón y quien tiene alas. Estos últimos son siempre víctimas.

Ojalá, ojalá nuestros monstruos interiores sirvieran para algo, ojalá se rebelaran y subieran hasta arriba, hasta romper el hielo kafkiano de la superficie; ojalá existieran... porque lo que hay en las mazmorras de uno mismo no son fuerzas contrarias, sino vergüenzas consentidas.








jueves, 5 de agosto de 2010

Las falsas Musas o no existen las Hadas







He aquí una, digamos, "particularidad de género". Aspirar a ser la musa de un famoso es propio del género femenino.

¿Existen los "Musos"? Nadie habla de ellos. Yann, el último gran amor de Marguerite Duras, por ejemplo, es ante el mundo solamente el último gran amor de Marguerite Duras. ¿Alguien se imagina a Juan Carlos Onetti siendo calificado como el "Muso" de Idea Vilariño? ¿O a Salvador Dalí y Paul Eluard como "Musos" de la inefable Gala?


Sin embargo las mujeres adoran ser, como mínimo, musa de cabecera de un poeta. O de un filósofo, o de un pintor, o del portero de la selección española de fútbol. Hace poco leí que una escritora era, incluso "Musa de Musas", especializada, naturalmente, en ejercer su divina influencia sobre personajes ya consagrados que no necesitan la asistencia de musa alguna. Pero ella parecía feliz habiendo alcanzado el preciado título, condecoración a su encanto y su belleza, a su inteligencia sin fin y sin recato. Es obvio que, en este caso, la admiración ajena le despierta una enorme voracidad; tanta, que nunca tiene suficiente; incluso, como la luna, se contenta con recibir el eco del brillo de la persona a la que acompaña con tal de que algo se le pegue. A decir verdad es un rasgo que forma parte del signo de los tiempos, aunque se acentúa en unas más que en otros.

¿Quién empezaría con esta moda de prenderse los méritos del hombre ilustre en el escote como si fueran un adorno propio, un broche, o una flor en el pelo, y de atribuir los éxitos del amigo o del compañero a la influencia benéfica de su compañía? Vanidad de Vanidades. ¿Sería George Sand, quizás? ¿O Lou Andreas Salomé, modelo básico de nivel I para las que aspiran a licenciarse en Musa de Cámara de Personajes Perdurables? ¿O yendo más atrás, serían tal vez las salonnières de antaño, que tendían sus redes con objeto de atrapar cuanto poeta, pensador, músico o incluso criminal de moda pudiera realzar su personalidad, la decoración de su recibidor, su reputación o su tocado?

"Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio..."

En el inicio de la Odisea, la Musa a la que invoca Homero tiene una especie de función secretarial: recuérdame las hazañas de Ulises, apúntame los detalles... no me dejes olvidar. No en vano, las Musas son hijas de la diosa de la Memoria. Nunca son ellas la responsable del amor o del dolor o del valor del héroe, sino puros recordatorios, puentes entre los conocimientos y los sentimientos del propio autor; en cierto modo sirvientas o casamenteras entre el genio y la obra. De hecho fueron llamadas "buscadoras", puesto que era su tarea mayor buscar el término, la nota, el argumento, el dato, el paso o la estrella perdida...
Durante el modernismo, sin embargo, Rubén Darío, comparando la relación del poeta y la musas con el famoso episodio de la violación de Leda por el cisne/Zeus, considera a las musas como una materia moldeable para la creación, a la que da vida el hombre todopoderoso en el momento en que las posee. O así lo interpretan "las" exégetas del asunto. Con lo cual se perpetuarían los papeles históricos de la división de géneros y el feminismo quedaría, una vez más reivindicado.
Pero, si esa fuera la interpretación correcta, ¿por qué tantas mujeres se derriten cuando las llaman "Musas"? Y hablo de mujeres políticamente señaladas, comprometidas: Ana Ajmátova, Elsa Triolet, Misia Sert... Sin contar con el producto nacional, a veces sonrojante. No; es obvio que nuestras musas modernas se han arrogado un papel distinto: de ellas mana la inspiración y el canto. Ellas son el origen de la elevación y de cualquier cualidad necesaria para que el autor, puro médium en trance, transcriba su pensamiento divino. Y, por supuesto, acaparan en su etérea tutela las funciones que antes se repartían entre las siete hermanas, sobre todo si han alcanzado el grado de "Musa de Musas", que debe ser el no va más, como el de Almirante de la Armada. Ellas solas reúnen las múltiples funciones de las pobres divinidades antiguas, confinadas a sus distintos negociados:
- Calíope se encargaba de la poesía histórica, y a ella se le debía el recuerdo de gestas como la Odisea, la Ilíada o la Eneida.
- Clío, solapándose en cierto modo con la anterior, presidía la historia y las grandes hazañas.
- A Melpómene le tocó la tragedia. Sería la antecedente, tal vez, de investir de prestigio a la vulgar mala leche de la tipeja a la que muchos poetas conocen por el nombre de femme fatale.
- Talía era la musa de la comedia, y por eso se vestía con ropas ridículas, haciendo lo que en la actualidad llamaríamos el payaso.
- Euterpe paseaba por el mundo con su flauta (no consta si la acompañaban perros pulgosos), puesto que era la encargada de la música; y a sus sones brillaba Terpsícore , musa de la danza.
- Erato, fuente de la poesía amorosa y lírica, sigue siendo sin duda aquella a quien todas las chicas querrían quitarle el puesto.
-Polimnia la pensativa no parecía muy sociable ni muy reconocida, en su empeño por defender la poesía sagrada.
- Y Urania, musa de la astronomía, se representaba con un globo terráqueo y un compás para medirlo.
Y ahora... Es bien triste comprobar que en este siglo destinan tantos esfuerzos en su campaña para atrapar al famoso que las adopte como Musa, con tal de convencer a los demás de que son únicas y maravillosas, para que luego el ser elegido, aquél sobre quien ellas derraman su inigualable don, escriba versos o canciones como ésta:
"Los begin the begin cuando terminan
estilo Lauren Bacall dicen que no.
Qué putas son las musas de las esquinas,
siempre acaban con otro mejor que yo.
Qué zócalo en el alma, viva Chavela,
elemental, dear Watson, traduzca usted.
Crimen en Maracaibo, nueva novela
de Paco Ignacio Taibo, sale este mes."