
Porque yo sufro con la constante humillación a la que están sometidas las cabras. Esas miradas indefensas despiertan en mí un agudo instinto de protección. Y apuesto a que no soy sólo yo; aprovechemos el asociacionismo que nos permite la Red, y hagamos una piña contra la difamación constante a la que se somete a este humilde animal: los humanos las degradamos afirmando de cualquiera que está "Más loco que una cabra"; o (para no insistir en las crueles tradiciones ancestrales que las hacían volar desde un campanario) las enseñamos a subir a una escalera y a girar con las cuatro pezuñillas reunidas en un espacio no más grande que un huevo frito, mientras una trompeta desafinada destroza un pasodoble.
Las he visto cruzando las carreteras recién paridas, con la placenta sanguinolienta colgando, y apresurándose para no quedar lejos del rebaño, como si no hubiera pasado nada, como nos contaba Pearl S. Buck que parían las mujeres japonesas. Resignación y no locura es lo que derrochan estas señoras, al lado de las cuales muchos humanos no son más que bestias. Eso por no hablar del "chotillo" que se mata en las fiestas, o de las veces que les ha tocado ser objeto de deseo de un pastor solitario en mitad del campo. Costumbre tan antigua que está inmortalizada en una exquisita estatuilla del Museo Arqueológico de Nápoles, rescatada de las ruinas de Pompeya, donde un macho cabrío queda al capricho de un fauno de sonrisa diabólica. En un acto que reúne, si uno lo piensa bien, la zoofilia y el incesto.
Y cómo lo sobrellevan todo. Ni protestas, ni orgullo, ni hojas de reclamaciones, ni pastillas contra la depresión, ni más exigencia que un risco y una mata de tomillo.
He comprobado que, al fracasar por completo cualquier atisbo de esperanza en una revolución que pudiera convertirnos en algo parecido a igualitarios, fraternales o solidarios, la única salida que nos queda es el plataformismo. Durante la década anterior proliferaron las ONGs. Uno se leía, por ejemplo, un boletín oficial de gobierno de una comunidad autónoma, y se pasmaba al llevar la cuenta de las ONGs que había, y del dinerito que se les destinaba. Tal vez eso haya influido en el hecho de que ahora se empieza a ver una imagen, digamos, un poco distorsionada de aquellas intenciones misioneras, que aunaron entrega, poesía, y muchas, muchísimas subvenciones.
Al socaire de la decadencia (pero no demasiada) de la vía ONGera, que era un poco como sustituir a las obras de caridad de las Damas Nobles por las obras de caridad de los Jóvenes Idealistas, surge el movimiento Plataformista. Y dentro de este movimiento, uno también se encuentra, gozosamente, con plataformas para todos los gustos.
Plataforma para que expulsen a Jonathan de Fama 3. Plataforma para potenciar actividades educativas a distancia. Plataforma para el perfeccionamiento de ciertos videojuegos. Plataformas para representar sonidos naturales en Internet. Plataforma sobre cómo ganar dinero navegando por la red. Plataformas para fomentar la implantación del libro digital... Sé que hay miles más, millones si contamos las plataformas de Facebook y otras redes sociales, que son las más divertidas, porque apoyan o intentan destruir al enemigo o al ídolo; y son tan instantáneas como un anuncio de la televisión: quiero decir, duran lo que dura la noticia que atañe a la persona implicada, que no suele sobrepasar los famosos quince minutos de Andy Warhol.
Como, al igual que a mis cabras, no me gusta quedarme a la zaga, propongo esta plataforma, tan útil como las otras, aunque quizás más compasiva. Una Plataforma de amantes de estos bichos tan agradecidos y pacientes, capaces de sobrevivir con menos necesidades y en condiciones más incómodas que el mismo Budda, que no hay que irse tan lejos para tomar ejemplo.

