miércoles, 25 de agosto de 2010

MUNDO IDIOTA




Ay de nosotros, con nuestras noticias, nuestro afán de novedades, nuestra absurda esperanza al abrir las páginas del periódico (“hoy sí vamos a leer algo que merezca la pena”) y nuestros sofocos por cuestiones que mañana serán polvo; pero polvo de verdad, nada de polvo enamorado.

“Tristes guerras… si no es amor la empresa”. Gracias a Internet ahora las “guerras” son más tristes todavía. Se han multiplicado las polémicas artificiales en las que todos metemos con pasión nuestra cuchara de madera, como quien mete la pezuña en el barro pretendiendo dejar huella.

Escribimos la música del presente sobre un pentagrama de naderías. Monocorde, tontita, sinfonía de discoteca ibicenca dirigida por un señor con frac, que es el Tiempo. Con Internet como lanzadera hemos puesto en órbita la basura espacial de las opiniones. Opiniones que ni unen, ni separan, ni buscan la verdad, ni su contrario. Opiniones que opinan sin cesar, haciendo el ruido que hacen las opiniones cuando sus cáscaras vacías chocan entre sí. Véase la mía, por ejemplo.

Y sucede lo inevitable: con tanta opinión circulando por ahí, se fecundan las controversias. Muy importantes. De repercusiones enormes, grandes discusiones que saltan de inmediato por el tablero de país en país y de continente en continente, fichas locas del juego de la vanidad.

Un rockero de los viejos tiempos se despide de Twitter no sin antes llamar “rebaño de boludos con blackberry” a sus anteriores contertulios, y aconsejando a la popular red social que “se meta sus 140 caracteres profundo por el ojete”. Portada de periódicos; aluvión de blogs; contestaciones impertinentes, alabanzas, sacudida peligrosa de las entrañas de la tierra.

Un príncipe griego (país donde no existe la monarquía) se casa en una preciosa isla de pescadores, que de pronto se ve invadida por una panda de ricachones privilegiados en torno a los que se congrega la atención de la Actualidad, esa diosa de usar y tirar. Opiniones al canto. Que si la sangre azul, que si la revolución, que si el trajecito de Mileidi está o no está a la altura del momento. Fundamental ocasión para aprovechar y añadir nuestra perspectiva del asunto en uno de los mil foros disponibles a tal fin. O en nuestro propio blog, ya ven.

Alguien afirma, en medio de la modorra del verano, que el “ser” español no casa bien con el cine. ¿Ontológicamente? – pregunta un señor que responde en serio a semejante teoría. Esta cuestión trascendental surge a raíz de un artículo en un periódico que, obviamente, ya no tiene nada que decir; y pasa casi desapercibida, debido a que el personal se encuentra disfrutando de sus vacaciones y no está para farolillos periodísticos. Pero… ¡ay! La gema llegó a la Red. ¡Menuda pesca! Cumple todos los requisitos para cuajar en ella: es una piedra preciosa de matices absurdos, un Ionesco sin ningún sentido, capaz de suscitar odios y sorpresa, con ingredientes medio patrioteros y con varios sujetos (el cine, el ser, el español) siempre candentes. Opinemos pues, sin tasa ni medida, ahora que hemos vuelto a nuestra celda, aunque no hayamos entendido ni una palabra de algo que está más allá de toda comprensión.

Podría seguir enumerando los temas que nos enardecen; pero se me viene a la cabeza una historia que escuché hace poco. Una conocida mía coincidió sin querer, durante un viaje, con los fastos de un antiguo festival de cine de muchas campanillas, de los de alfombra roja con sus figuritas de porcelana desfilando por ella, como serán pronto los belenes modernos. Luego contó lo que vio en una reunión de amigos. La gula de la gente por rozarse con los notables de la tribu, las vallas que separaban a las “celebrities” de los mortales (“les acteurs… nous sommes eternels” aseguró la actriz que presentó el evento), y algunos episodios medio divertidos (como el del joven vestido de smoking que portaba un cartel donde se leía “Vendo mi virginidad a cambio de una entrada”).

La pobre mujer se vio atrapada en medio de la calle en el momento justo en que llegaba la comitiva de honor de la apertura del Festival, así que tuvo que presenciar el desembarco de las estrellas al pie de la escalinata. Confinada detrás de la valla, sin poder escapar, con todos los demás que gritaban y jaleaban a los famosos, se entretuvo llamando a un amigo y retransmitiéndole lo que veía. “Mira, en este momento sube Claudia Cardinale… Ahora llega Joan Collins… ¿y aquél? ¡Si me parece que es Martin Scorsese!” Y su amigo, un filósofo sombrío cuya expresión favorita para calificar la vida diaria es “el horror”, un convencido habitante del corazón de las tinieblas, prescindió de pronto de su dignidad abisal y le contestó, excitado: “¡Estás en el centro del mundo! ¡En el centro del mundo!”

Así es el centro del mundo que tenemos.
Y la Red llena el resto de la circunferencia.

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