martes, 19 de enero de 2010

Los caballeros las prefieren ninfas

"No me gustan las señoras", declaraba un sonriente Fernando Sánchez-Dragó (de 73 años) en no sé qué entrevista que circula por ahí. Con esto no quería decir que le gustaran los señores, sino que no le gustaban las mujeres que empezaban a peinar canas. Aderezaba la charla una foto suya, desnudo y de espaldas, junto con su esposa japonesa (cuyo nombre he olvidado), también desnuda, de 35 años.

¿Para qué puede servir una mujer después de los treinta y cinco? Para nada. Es obvio.

En "El diario de la guerra del cerdo", Bioy Casares (que mantenía una amante de 27 siendo octogenario) imaginaba un mundo aterrador en el que los viejos no podían salir a la calle, porque estaban condenados al exterminio. A veces sospecho que ese relato terminará siendo profético, como también lo fue en su día el espléndido "La Invención de Morel", donde, a la manera de Jules Verne con el viaje a la luna, Bioy concibió por primera vez el holograma sin saber que semejante invento llegaría a existir.

Pero tanto el holograma como "la guerra del cerdo" ya están aquí. Los viejos son la carga de las familias, salen muy caros a la hacienda pública, se eternizan charlando con los empleados en los bancos y cajas de ahorro, se transforman en bultos que ocupan en verano las camas de los hospitales, se especializan en reproches y se anquilosan en sus historias de miserias en blanco y negro. Sin embargo, lo peor no son ellos. Aún hay algo más despreciable, por muy dífícil que resulte creerlo, lo sé.

Lo peor son las viejas. Para las viejas habrá que crear campos de concentración. O mejor, aniquilarlas, gasearlas directamente. Y cuando digo viejas, me refiero a las mujeres que empiezan a peinar canas; esto es, a las que llegan al límite a partir del cual pueden perder toda esperanza de atraer la atención de Fernando Sáchez Dragó, por poner un ejemplo (nada personal, desde luego) y abandonar el sueño de fotografiarse enseñando el culo junto a él.

Si hay vida o no después de los cincuenta años para una mujer, dependerá de cuántos seres extravagantes sean capaces de ignorar su edad (quizás queden ejemplares trastornados de hombres, mujeres, muchachas, chicos o incluso otros viejos a los que no les importen los años). Seguirá, por supuesto, asumiendo el peso de la marcha del hogar, ayudando a los suyos, cuidando a los hijos y a los nietos o a los hermanos y los sobrinos, y trabajando durante un tiempo; para esas tareas apenas si existe más límite que la enfermedad. Pero un buen día comprenderá que se ha vuelto invisible. En un abrir y cerrar de ojos notará que ha desaparecido por completo su presencia como mujer.

Es inútil intentar prolongar esa presencia con alguna treta: por ejemplo, disimulando que ya ha cruzado la línea. La línea de los años, se sobreentiende. Asunto éste del disimulo que es un verdadero gasto, emocional y del otro: requiere interminables sacrificios, sesiones de gimnasio, dietas y al final no funciona. Porque nadie atrasa las manecillas del reloj. Ni siquiera se puede dejar el problema en manos de un cirujano plástico, ya que hasta el más experto profesional es incapaz de borrar el trazo del bisturí en una cara estirada como la piel de un tambor. Además, como todo el mundo sabe, las operadas cambian de expresión. Tony Curtis, Kirk Douglas o Sinatra han lucido por los escenarios internacionales su pelo implantado sobre un cutis de cera sin que a nadie se le ocurriera extrañarse, pero las mujeres arrastran su plastificada juventud con un aire triste de muñeca en la basura, como aceptando de antemano que el ridículo es mejor que el olvido. La prolongación de la vida tras la menopausia tampoco depende del todo de una chequera abultada, ya que nadie cae más bajo socialmente que la mujer que paga por seguir siendo amada.

"No me importa hacerme viejo" dijo una vez un eminente escritor español. "Lo que no soportaría sería convertirme en una vieja". Y Pedro Antonio de Alarcón pone en boca de uno de sus personajes una réplica curiosa al piropo que un amigo le ha dedicado a su mujer: le confía a éste el secreto de su edad. Es verdad que su esposa fue muy bella cuando era joven, pero aunque se conserva bien ya es una vieja. Ante el asombro de su amigo le aclara que la pobre tiene ya cuarenta y cuatro años.

Así que las viejas, vejestorias, momias, quiero decir, pueden ir tomando el camino de Narayama. Que las ninfas arrollan y piden sus puestos. Esas jóvenes al estilo de American Beauty, con su resplandeciente melena sin canas rozándoles la cintura, sus códigos incomprensibles de lenguaje y el tanga por fuera del pantalón se aposentan tras los mostradores de los comercios y en los bancos de la facultad, llenan las aceras y los carteles de las películas y no tienen ni idea de que el tiempo pasa. ¿Quién puede resistírseles? Como decía un diálogo memorable de Gene Hackman, acusado de perseguir a nenas adolescentes en una película de hace quince años: "Me gustaban así cuando era joven y me siguen gustando así ahora. ¿Qué culpa tengo yo? ¿Para qué quiero una mujer que piense? Ellas no piensan. ¡Ellas sólo se ríen!"

Ni lo intenten. Aunque hayan aprendido a reírse en vez de pensar; incluso aunque sepan reírse a pesar de que piensan, si empiezan ya a peinar canas no les servirá de nada.

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