
¡Cuidado, criaturas celestiales! ¿Sois de esos ángeles curiosos, como los que sacaba Wim Wenders en "El cielo sobre Berlín", de los que gustan de espiar a los humanos y envidian la parte más cotidiana de sus vidas? Pues corred a esconderos. Porque si éste tipo os pilla metiendo la nariz n sus asuntos podéis acabar en pleitos muy serios.
Habrá que buscarle un rincón apartado a vuestro nuevo huésped. Una nube amurallada y oculta, que esté especialmente resguardada de los infinitos Plastas Literatos para los cuales el recién llegado supondrá, sin duda, un gran regocijo. Y anda que no hay plastas entre los habitantes del Parnaso de las letras. Pero no saben con quién se la juegan. Él es muy capaz de pegarle un puñetazo a cualquiera que se le acerque; así fuera el mismo Víctor Hugo con sus modales ampulosos y sus excéntricos ropajes, deseoso de dejar su tarjeta en el Libro de Visitas. Él es el Número Uno de los nuestros, de los irredentos, impenitentes, recalcitrantes misántropos; el hombre que se convirtió en un fiero lobo para el hombre, después de haber hecho que los demás humanos nos sintiéramos un poco menos avergonzados de serlo.
Así que dejadlo en paz, nada de espionaje. Por fin se reunirá, como mucho, con Seymour Glass y con el hermanito de Holden Caulfield, para contarse cosas que nadie más entiende, como las aventuras que contaba Franny Glass cuando juraba en su programa de radio que de noche volaba por los techos de su casa.
Va para allá el hombre que convirtió la soledad en un manantial de alegría. Dejarlo solo, como a Belmonte. Ni se os ocurra recibirlo con cánticos corales, con fiestas en el paraíso, con discursos o con ninguna de las pesadísimas consecuencias de la gloria.
El hueco que Salinger deja aquí abajo nunca será un vacío.
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